La violación de derechos humanos en democracia no es, ni mucho menos, un tema nuevo. En efecto, contingencia mediante, hemos visto el reflorecimiento de una temática que, aunque permanente, es escasamente abordada en el arte.

“José Desierto” aparece entonces como un montaje que se instala a partir de esa contradicción: democracia y violación de derechos humanos, más aún, lo hace con un sentido social particularmente interesante, porque el caso –real- sobre el que se erige el montaje, habla de un proceso que se desarrolla a partir de un enfermo mental: en muchas localidades de Chile, donde no hay hospitales ni sistema de salud mental adecuados, cuando una persona con ese tipo de problemas se encuentra en crisis, no se llama a “médicos” sino que a Carabineros. La fuerza pública deviene así en un sistema de dominación biopolítica que, aunque en la misma línea de la medicina tradicional, intenta normalizar al “enfermo”, pero evidentemente, lo hace con otros métodos y sin un mínimo de preparación para ello.

“José Desierto” es un montaje que llama a una reflexión compleja y difícil, poniendo en cuestión la idea tradicional de derechos humanos, en la medida que aumenta certeramente su significado y atiende a los lugares no vistos del problema, lugares incómodos para una sociedad que, en cuanto a salud mental, ha preferido mirar al lado y no revisar su propio drama.

En efecto, la obra está inspirada en hechos reales y se desarrolla a partir de una reconstrucción, fragmentaria, llena de espacios en blanco y a momentos equívoca (desde el punto de vista de los personajes), de lo ocurrido. En este sentido, la dramaturgia de Bosco Cayo y la Compañía Limitada, es sólida y sobre todo, se organiza de un modo atractivo, en la medida que no sobre explica, que no habla de más, sino que por el contrario, desliza hechos, diálogos, momentos que el público debe ir estableciendo e interpretando. Del mismo modo, los diálogos también transitan entre una suerte de surreralismo que ilumina la obra, toda vez que al ser un trabajo con una fuerte carga testimonial, no cae en el panfleto. Ciertamente, es posible pensar que la historia o el argumento base, no necesariamente se clarifica del todo, pero es un precio que la dramaturgia está dispuesta a pagar para permitir el acto relacional con la audiencia, efecto que queda bien logrado en el trabajo.

Las actuaciones, en una línea similar, también manifiestan una comprensión del espacio escénico a partir de la corporalidad, el uso de los objetos y el trabajo lumínico, así, actrices y actores sostienen con fuerza sus personajes y dan matices diversos a los mismos, lo que no resulta en absoluto fácil, pues dado el tipo de historia que se representa, existe siempre el riesgo de caer en los lugares comunes, en las caracterizaciones tradicionales y prejuiciadas, en ese sentido, ninguna de las actuaciones entra en ese juego y, por el contrario, organizan un dispositivo actoral que se fundamenta, efectivamente, en la construcción de personajes en virtud de las acciones y diálogos, personajes que emergen así con distintas capas y matices.

El diseño sonoro de Santiago Farah es un aspecto también remarcable de la obra (no tenemos filiaciones conocidas, por cierto), en tanto integra los diversos espacios de sonoridad en la obra, matizando las acciones y los procesos convocantes de la historia, sin detener o quebrantar lo que sucede sobre las tablas, sino por el contrario, sumando signos que permiten aproximarse emocionalmente mejor al trabajo.

El diseño de iluminación, por su parte, va en la misma dirección. Laurene Lemaitre desarrolla uno de los mejores trabajos que he visto en esta línea, el sentido estético, la capacidad de narrar y de producir atmósferas a través de la luz y las sombras (que se usan tan estratégicamente como la luz) da cuenta de un sentido creativo, reflexivo y estético de alto nivel.

“José Desierto” es un montaje que llama a una reflexión compleja y difícil, poniendo en cuestión la idea tradicional de derechos humanos, en la medida que aumenta certeramente su significado y atiende a los lugares no vistos del problema, lugares incómodos para una sociedad que, en cuanto a salud mental, ha preferido mirar al lado y no revisar su propio drama.