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El peso del apoyo cultural a Delight Lab que debilita a sus detractores

Alejandra Costamagna, Alvaro Hoppe, Marisol Vera, Roberto Márquez, Lina Meruane, Faride Zerán, Guillermo Núñez, Shlomit Baytelman, Melanie Jösch, Alejandro Zambra, Alicia Scherson, Alex Chellew, Arturo Duclos, Marcela Trujillo.

Son escritores, fotógrafos, curadores, editores, pintores, cineastas, ilustradores, músicos, periodistas y actores, con éxito y premios en Chile y el extranjero.

Estos son algunos de los firmantes de una carta de apoyo al colectivo artístico Delight Lab, responsable de numerosas proyecciones lumínicas en el edificio Telefónica de Plaza Dignidad.

Por su más reciente acción, el colectivo sufrió amenazas anónimas y de un diputado de Renovación Nacional, el partido del presidente Sebastián Piñera, además de intentos de censura por un camión custodiado por Carabineros, según denunciaron.

Una censura que a Hoppe le trae recuerdos de la dictadura, donde la misma palabra -“hambre”- era censurada en los medios de comunicación, en esta ocasión a partir de un colectivo “creativo, potente”, de “acciones de arte pacíficas para lograr sensibilidad”, en medio de un Chile “herido, fragmentado” que quedó expuesto a partir del estallido y ahora la pandemia, en lo que es, citando a Nicanor Parra, una “dictablanda de los platudos”.

“Evidentemente, ellos estaban en la mira de los intolerantes, de los censuradores, de quienes quieren apagar las luces, limpiar las calles, borrar las frases de los muros, de las piedras , de todo lo que recuerde que aquí, hace pocos meses, hubo un estallido social”, reflexiona Faride Zerán, Premio Nacional de Periodismo.

“Necesitan borrar esas huellas, apagar esos focos, limpiar la estatua, y luego sacarse selfies, para simular que aquí, finalmente, no ha pasado nada”.

Silencio en el Ministerio

A los ataques se suma el silencio del Ministerio de las Culturas de la arqueóloga Consuelo Valdés, que tampoco se pronunció ante una consulta de este medio al respecto, y que para la editora Vera es señal de una “ceguera y falta de visión” que caracteriza a esta administración, “una muestra de mezquindad y pequeñez de nuestro gobierno” que, al igual que con la pandemia, hace oídos sordos ante los reclamos de la sociedad civil.

“Lo del Ministerio de las Culturas no me sorprende en absoluto, porque forma parte del poder, al cual el mundo de la cultura no le interesa para nada”, señala Guillermo Núñez, Premio Nacional de Artes Plásticas, uno de los firmantes.

“De nuevo me parece haber oído mal. ¿Ministerio de la descultura me dice usted?”, interviene el poeta Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura.

Un silencio que a Hoppe le produce “más desconfianza en la gente que está manejando la cultura”. “Lo más terrible es ver que la censura fue protegida por un carabinero. ¿Quién financia eso?”.

Un Ministerio que parece más preocupado del Día del Patrimonio que la dura situación económica que atraviesan miles de trabajadores de la cultura, en palabras de la historiadora Karen Donoso, que critica el mismo silencio ante las detenciones “ilegales” a manos de Carabineros que sufren la hortaliceras mapuches en Temuco por una práctica que califica de tradición histórica.

“¿Cuál democracia?”

Para Zurita, el colectivo Delight Lab se ha transformado en un símbolo de la humanidad entera, porque “lo que ellos maravillosamente, hacen en medio del dolor, son proyecciones de luz sobre lo más profundo de la noche”.

“¿Qué puede extrañarnos que la dictadura del modelo que nos gobierna quiera como sea borrar la palabra ‘hambre’ cuando es esa dictadura es la gran responsable del hambre?”, se pregunta.

Un Zurita que cuestiona el concepto mismo de democracia para calificar el régimen actual.

“¿Cuál democracia? ¿La democracia chilena? No me hagan reír. ¿Podría alguien explicarme por qué miles y miles de personas que sufren hambre, o que viven hacinados de a 20 personas en cuartos donde estrechamente caben dos, o los cientos de miles de jubilados cuyas pensiones no les alcanza ni siquiera para comprarse los remedios básicos, deberían considerar que esta es una democracia?”, responde.

“Hay que repetir hasta sacarse sangre, que el Estado de una sociedad no puede medirse por lo bien que están los que están tan bien, sino por lo mal que están los que está mal, y lo que están mal -en esta plutocracia tiránica, omnipresente y feroz, donde los más ricos se reparten las impresionantes utilidades de sus empresas mientras a los millones de pobres se les da, y a regañadientes, un bono mensual de 65 mil para que sobrevivan- están demasiado mal”.

Censura

La propia censura también causa indignación entre los firmantes.

“Es insólito que se pretenda censurar una manifestación como la que estaba llevando a cabo Delight Lab. Demuestra una torpeza y ceguera sin límites. Poner un camión para evitar que se proyecte una imagen, la que sea -hambre, dignidad, humanidad- es impresentable. No puede ser”, opina Vera.

Una censura que, por otro lado, tiene antecedentes en la democracia anterior al golpe de Estado de 1973, en estados de normalidad y emergencia, como señala la historiadora Donoso. “Cuando hablan de la censura hoy constato que el Estado entonces, igual que ahora, a través de decretos y el Congreso creó leyes para coartar la libertad de expresión, como sucede ahora con la Ley Sticker, tal como en los años 20 se prohibían las banderas rojas”.

Para Vera la actuación oficial además calza con un concepto de trasladar la responsabilidad de la situación de las autoridades hacia la población, “como si la gente que está reclamando tiene la culpa de lo que está pasando” y no un gobierno inoperante, en el caso de la pandemia, con un sistema de salud que ni siquiera puede atender los requerimientos de la población en tiempos normales.

“La censura, o la intolerancia son lacras que siempre rondan distintos momentos de nuestra historia, más en contextos de crisis , cuando lo primero que se intenta acallar son las voces críticas y el disenso. Esto se da en el campo de la cultura, de la política o del periodismo”, recuerda Zerán.

Para ella, se trata de acciones que intentan silenciar las críticas expresadas en palabras que remiten a la cara oculta de la crisis: el desempleo y la miseria de miles de familias chilenas que están pasando hambre, que no tienen protección del Estado, y que son humillados y ofendidos por la improvisación y la indolencia que, en medio de una pandemia como esta, los condena a la muerte.

“Me resulta preocupante que aún no sepamos quiénes estaban detrás de ese acto de censura efectuado en el corazón de Santiago, en medio de una cuarentena con prohibición de salir sin autorización, en vehículos sin patente, y con carabineros y miembros de la PDI en el lugar”, dice. “Aquí hay responsables, y las autoridades de Gobierno son quienes deben aclarar esta situación a la brevedad. De lo contrario pensaremos que son cómplices”.

La razón del arte

Para Núñez, la acción contra el colectivo se explica por la propia razón de existir que tiene el arte.

“¿Por qué pinta uno, por qué dibuja, por qué escribe? En mi caso siempre he tenido metido un mandato, una obligación, de reaccionar contra el dolor, contra la violencia. Por eso firmar ese documento es lo mínimo que podemos hacer, desarmados como estamos”, explicó.

“Fue una manera de responder a la ira con la que uno reacciona frente a la violencia. La violencia ha sido el arma que ha utilizado este gobierno y muchos otros gobiernos antes también. Son los gobiernos del poder o de la derecha han estado ejerciendo esa violencia en todo orden de cosas”.

Núñez recordó que ya frente a las demandas de la gente a partir del estallido social del 18 de octubre respondieron con “balazos, con muerte, con destrucción, con un tipo de violencia organizada”.

“El hambre también es una violencia. El hambre es una realidad para los desposeídos. A partir de esa realidad social, la obligación que tenemos los artistas es reaccionar ante eso. Y es normal que ellos hayan respondido con esta violencia que significa la censura, y eso quiere decir que estamos tocando algo esencial. Los muchachos que escribieron ‘hambre’ allí, algo que los violentó tanto, es porque los están tocando. Es interesante, porque quiere decir que el arte se puede transformar también en un arma, un arma que duela y que puede hacer daño”, concluye.

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