Una figura bastante desconocida fue el cuáquero Thomas Story Kirkbride, nacido en Morrisville, Pennsylvania, en 1809. Se graduó como médico en 1832 y fue médico residente, hasta 1840, en el Friend’s Asylum, una institución mental pionera en la aplicación del llamado “Tratamiento Moral”. En ese año alcanzó el puesto de Superintendente del Pennsylvania Hospital for the Insane, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en 1883. Fue uno de los fundadores, en 1844, de la Association of Medical Superintendents of American Institutions for the Insane (AMSAII), entidad que presidiría en 1862.

Kirkbride defendía que los enfermos mentales sometidos a un trato adecuado podían curarse. Afirmaba que la locura era recuperable en proporción a lo pronto que el paciente fuera tratado, siendo deseable su rápida separación de la familia para facilitar la resocialización. Resulta paradójico, por lo tanto, que Kirkbride, con una actitud tan positiva y humanitaria hacia la enfermedad mental, pasara a la historia involuntariamente como el “padre” de uno de los escenarios clásicos de las narraciones populares de terror: el manicomio abandonado.

Arquitectura al servicio del tratamiento

Su aportación más conocida fue un modelo arquitectónico y organizacional para los hospitales mentales, empleado en muchos de los psiquiátricos construidos en Norteamérica durante el siglo XIX. Los manicomios (del griego “mania” u obsesión y “komein”, cuidado) debían seguir unas pautas de habitabilidad especiales que, combinadas con terapia ocupacional, mejorarían las condiciones de los internos y contribuirían a su recuperación.

El sistema se popularizó como “Plan Kirkbride”. Tales construcciones tenían en común una serie de elementos característicos, como su planta en forma de “alas de murciélago” que se desplegaban a partir de un bloque central, y facilitaban la clasificación de los pacientes.

El primer edificio de estas características fue el New Jersey State Lunatic Asylum. Le seguirían otros 72, el último inaugurado en 1910, cuando la estrella del Plan Kirkbride moría de éxito: su elevada tasa de eficacia y la pésima gestión de las Autoridades estatales condujo a estas instituciones a la masificación y, finalmente, al desastre.

Litografía del diseño de Kirkbride para el Trenton State Hospital (New Jersey State Lunatic Asylum), 1848. Wikimedia Commons

Electroshock y las terapias “biológicas”

La progresiva degeneración institucional hacia el custodialismo llevó a la profesión psiquiátrica al empleo de infinidad de terapias dudosas. Existía controversia acerca de la eficiencia de estos tratamientos, denominados terapias biológicas, como la piretoterapia, el electroshock, las duchas frías, los choques químicos o las lobotomías, pero se aplicaban igualmente.

El caso de la terapia electroconvulsiva es especialmente singular en relación a estos tópicos por cuanto fue una innovación en la década de 1930 que aún se emplea en determinados contextos, pero en la ficción se aplica en épocas pretéritas y de manera inadecuada.

Muro de tinieblas (High Wall), Curtis Bernhardt, 1947. IMDB

Ello incentivó el descrédito de las instituciones mentales. Si Kirkbride y la AMSAII supieron mantener una buena política de relaciones públicas para prestigiar la psiquiatría, ésta fue precisamente la batalla que perdieron sus sucesores. A falta de un conocimiento sobre la vida diaria de los hospitales mentales, la opinión pública se alimentó con textos como la exitosa novela autobiográfica de Mary Jane Ward, The Snake Pit (1946), que sería llevada al cine por Anatole Litvak.

Se incentivó así la creación de productos de entretenimiento en los que se ofrecía una pésima imagen de las instituciones mentales. Así ocurrió en dos películas contemporáneas a la de Litvak, High Wall (1947), de Curtis Bernhardt, y Behind Locked Doors (1948), de Budd Boetticher. Emergió un estándar cultural sobre la salud mental que sembró la confusión en torno a los manicomios, los diagnósticos psiquiátricos, las terapias y los pronósticos, alimentando la estigmatización del paciente al que paradójicamente se pretendía “salvar”.

Los fármacos y la rehumanización

Hacia 1955 se produjeron esfuerzos por rehumanizar y mejorar la imagen de la salud mental, especialmente gracias al avance que supuso el descubrimiento de los agentes psicofarmacológicos. La Corte Suprema de los Estados Unidos, en 1960, decretó que una persona solo sería internada cuando no existieran tratamientos alternativos.

Pero, independientemente de las situaciones fidedignas de masificación que vivían muchos centros, la cultura popular no modificó sus esquemas: mostraba sistemáticamente centros desorganizados e insalubres, en los que reinaba el caos; empleados que campaban a sus anchas sin nadie que supervisara sus actos; aplicación de brutales técnicas (muchas ya en desuso) sobre el loco indefenso; salas hacinadas, donde el paciente expresaba sin control su peculiar forma de locura; psiquiatras incapaces de discernir entre salud y enfermedad; administradores que agravaban la situación del paciente artificialmente, etc. Ejemplo perfecto de este cliché es Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), basada en la novela homónima de Ken Kesey.

Jack Nicholson en One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Alguien voló sobre el nido del cuco), Milos Forman, 1975. IMDB

El cine de terror, paso lógico

El siguiente paso era lógico, y la institución mental se tornó en un escenario idóneo para el cine de terror. Así ocurrió con House on Haunted Hill, de William Castle (1959), y con su posterior versión de William Malone (1999). En ambas, un excéntrico millonario organiza una fiesta macabra en una mansión que, en realidad, según se relata en la ficción es un viejo hospital psiquiátrico abandonado. Lo cierto es que en la versión de 1959 se trataba de la Casa Ennis, obra del arquitecto Frank Lloyd Wright, ubicada en Los Ángeles.

Y, así, a la vuelta de los años, los manicomios del Plan Kirkbride se convirtieron en el escenario perfecto: entornos ideales para la leyenda urbana, que los transformó en imán de “caza-fantasmas”. La perfecta perversión del ideario humanista desde el que fueron pensados.

Escaleras del Weston State Hospital. Wikimedia Commons / Richie Diesterheft, CC BY-SA

Algunos, protegidos y remodelados, solo vieron acrecentada su imagen folklórica: el Trans-Allegheny Lunatic Asylum (Weston, West Virginia) se consideró durante años uno de los edificios “más embrujados” de los Estados Unidos, por lo que fue adquirido, en 2004, por una cadena hotelera. Sus propietarios publicitan el hecho de que estaría “repleto de fantasmas”, y el edificio ha protagonizado varios reality-shows televisivos de temática paranormal.

Session 9 (Brad Anderson, 2001). IMDB

Lo mismo puede decirse del Danvers State Insane Asylum (Massachussetts), cuyo bloque central, obra del arquitecto Nathaniel J. Bradlee, está protegido. Este edificio, de tradición legendaria inspiró, entre otros, al escritor Howard P. Lovecraft en la composición de su relato La sombra sobre Innsmouth y, posteriormente, al historietista Bob Kane para el diseño original del archifamoso Arkham Asylum del cómic. También sirvió para el desarrollo de niveles en videojuegos góticos de éxito, como Painkiller (DreamCatcher Interactive, 2004), e incluso fue escenario del rodaje de dos películas de terror psicológico: Home Before Dark (1958), de Mervyn Leroy, y Session 9 (2001), de Brad Anderson.

El escenario arquitectónico perfecto

A tal punto se ha establecido este vínculo entre los singulares edificios Kirkbride y el horror contemporáneo, que resulta fácil encontrar infinidad de películas del género, series de televisión y parques de atracciones, cuyas mansiones misteriosas y encantadas tienen un singular parecido con su arquitectura.

Un hecho que, paradójicamente, pudo salvar alguno de estos edificios de la demolición. Tal es el caso del Fergus Falls State Hospital (Minnesota), erigido en 1895. Tras varias reconversiones, el centro quedó, en 2005, en manos de la municipalidad, que barajó demolerlo para reutilizar los terrenos, aún a pesar de que formaba parte del National Register of Historic Places desde 1986.

Sin embargo, varios equipos de rodaje lo han empleado, previo sustancioso pago, como escenario para diversas producciones de género, como, por ejemplo, The Control Group, de Peter Hurd (2014) o Geist, de Eric Daniel Dunn (2015). Un hecho que no sólo ha incrementado su valor, sino que también lo ha conducido a un nuevo estatus de singularidad histórica que tal vez lo salve de la destrucción. A buen seguro, Kirkbride no daría crédito.The Conversation

Francisco Pérez Fernández, Profesor de Psicología Criminal, Antropología y Sociología Criminal / Investigador., Universidad Camilo José Cela y Francisco López-Muñoz, Profesor Titular de Farmacología y Vicerrector de Investigación y Ciencia, Universidad Camilo José Cela
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.